Ventura

Ysyry

May 13, 2019

Llegó a lo alto de la colina antes de que el cielo empezase a clarear y mucho antes de que el sol asomase en el horizonte. En su pueblo todos dormían. Aún faltaba una media hora hasta que su madre se levantase y comenzase a preparar algo de polenta para el desayuno. Hasta que, cansada de llamarla, descubriese que no se encontraba entre las hojas de su cama, podía pasar media hora más. Tras ello saldrían a buscarla por la aldea, y sólo mucho más tarde se atreverían a pensar que había salido del recinto protegido. Para cuando se decidiesen a ir tras ella, ya no podrían alcanzarla.

Desde lo alto de aquella pequeña montaña, que hasta esa mañana solo había sido una forma lejana, vio la selva extenderse a sus pies y, a muchos kilómetros de distancia, el humo y los destellos que marcaban el emplazamiento del poblado invasor, al que tantas veces había prometido no acercarse. Si se apresuraba, estaría allí antes de que oscureciese.

Pensó en su padre y en la angustia que estaba a punto de ocasionarle. Pensó en sus hermanos pequeños y en la mezcla de miedo y envidia que sentirían. Y echó de nuevo a andar lo más deprisa que pudo. Durante horas se abrió paso con determinación entre la maleza, atenta para no rozarse con ninguna planta venenosa y para evitar cualquier encuentro desagradable.

A las doce del mediodía el cansancio comenzó a hacer mella. En su cabeza se sucedían los mensajes de intranquilidad que había empezado a escuchar hacía ya muchos meses. «Hay cada vez menos aves», le oyó a su abuelo la primera vez. «El río se está secando», comentó la madre de su amigo Katu poco después. «Ya no vienen comadrejas», le dijo el anciano chamán a su padre. En los últimos meses ya no hacía falta decir nada. Todos sabían que no había apenas que echarse a la boca, que los niños tenían los labios agrietados y las barrigas comenzaban a hincharse.

Llevaba planeando su escapada varias semanas. Sabía que si contaba su plan nadie la dejaría llevarlo a la práctica, de modo que no había otra forma. No habría podido explicar que, de algún modo, confiaba en que los habitantes del poblado invasor les ayudarían. Solo había oído historias horribles acerca de ellos desde que le alcanzaba la memoria. Y, sin embargo, aquel niño al que vio entre los árboles aquel día le pareció de fiar. Eso era todo lo que tenía.

Comenzó a oir ruido mucho antes de que sus ojos viesen nada. Era un sonido fuerte y melódico que no se parecía a nada que conociese. En cierto modo similar a los tambores que solían tocarse en su aldea las noches en las que aún había algo que celebrar, pero mucho más estridente. Por algún motivo le hizo acelerar los pasos. Según se acercaba al borde de la selva, oyó lo que parecían fuertes jadeos y acertó a distinguir una figura que se movía de un modo en el que nunca había visto a nada moverse. La silueta pasaba frenéticamente de la posición vertical a la horizontal, para entonces impulsarse con manos y pies, volviendo a la postura inicial. Continuó la sucesión de esos movimientos durante lo que le pareció un tiempo interminable. A juzgar por los jadeos, también para la desquiciada figura había sido una eternidad. Acabado el ritual, el sonido de tambores cesó y la figura -en la que ahora podía distinguir a una chica algo mayor que ella misma- se dio la vuelta y desapareció.

Aguardó unos minutos, agazapada bajo unas hojas de palma. Tras convencerse de que nadie la observaba, se acercó sigilosamente al lugar en el que poco antes se había encontrado la extraña muchacha. Varios objetos habían quedado esparcidos en la hierba. El más sorprendente, una botella que contenía un líquido azul, y que en el lateral mostraba a una persona bebiendo el propio líquido azul. Apenas había bebido unas gotas de agua desde la mañana, así que sin pensar se acercó el recipiente a los labios y bebió un gran trago de aquella cosa. Era dulce y refrescante. Sin respirar, apuró lo que quedaba en la botella. Al dejarla en el suelo encontró lo que parecía un pequeño lingote de algo comestible, pegajoso y mordisqueado. Tras olisquearlo se lo echó a la boca. Aquello sí lo había probado antes: sabía a miel. Recogiendo lo que quedaba de los recién descubierto tesoros, regresó tras las hojas de palma y se sentó a esperar. Se sentía con más energía de lo que se había sentido en muchas semanas.

Pese a su corta edad, Ysyry entendió inmediatamente que su pueblo iba a tener que elegir entre morir de hambre o aceptar las bebidas azules y los pequeños lingotes de cereal y azúcar. No estaba segura de lo que harían los suyos, pero ella ya había elegido.


Written by Victoria Quirante.